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  • Edgar Yitani

¿Cómo Valoramos a una Mujer?

Actualizado: 9 de dic de 2020

Septiembre 7 del 2020, México. "Es importante recordar, que toda aquella persona que trate a una mujer como Princesa; es porque fue criado, educado y forjado para la vida, por una Reina”.


El respeto siempre se ha considerado como uno de los valores morales de mayor importancia, en la vida del ser humano. Ya que es mas que fundamental para conseguir y lograr una armoniosa interacción social, en todo tiempo y lugar.


Siempre se le ha considerado como de las premisas sociales más importantes y no se trata de solo conocerlo, sino de aplicarlo, ya que para ser respetado siempre es necesario entender, comprender e incluso es necesario el aprender a respetar a todos los demás, ello también significa el comprender a los demás, sin importar su posición o clase social; siempre hay que valorar sus conceptos de vida, intereses y hasta sus sueños y necesidades. Digamos que en todo momento de la vida; el respeto debe ser mutuo, y en una forma natural debe provenir de un sentimiento de reciprocidad y agradecimiento.

Cada persona tiene una opinión muy diferente; ya que por lo regular en el transcurrir de la vida uno va entendiendo y aprendiendo con la experiencia diaria lo que en verdad es la mujer en la familia.

La mujer, no solo esta para tener hijos, cuidar de la casa, de su matrimonio, esposo y a veces hasta para trabajar a su lado o en forma independiente; simplemente su tarea diaria cada día se multiplica para realizar un sin número de labores.

Podríamos decir que una madre, es una mujer que no puede decir que está cansada, cuando todos y cada uno de los que conformamos la familia diariamente le depositamos todo el peso de nuestros problemas cotidianos.

Es la persona, que reiteradamente buscamos, de quien solicitamos y de la cual sólo esperamos soluciones y ayuda, la que nos permite vivir mucho más tranquilos para poder seguir adelante; llegándola a responsabilizar de nuestras fallas, aun cuando que ella no sea la causa de todo ello.

En muchas ocasiones, a veces y sin darnos cuenta, porque la sentimos como parte de nuestra vida, de nuestra costumbre diaria y así, sin darnos cuenta, con una pregunta, sugerencia o reclamo le solicitamos o hasta exigimos la ropa siempre lista, la habitación reluciente, la comida a punto y de acuerdo con lo que nos agrada; queremos estar con la casa siempre dispuesta, requerimos de su tiempo para atendernos, escucharnos, apoyarnos y solucionarnos la vida.

La gran mayoría de la familia, para no decir que casi todos; jamás ofrecemos nuestra ayuda o cooperamos con ella en sus labores sin referírselo en forma natural. Nunca estamos participando con ella e ignoramos el peso diario de su batalla con la vida; y pocas veces lo terminamos haciendo voluntariamente o en forma entendida y consiente.

Pareciera que a diario se nos olvida que es tan humana como nosotros, pero con la diferencia de que a ella la sostiene el temple de su voluntad férrea y decidida para sacar el hogar adelante; siempre luchando para que nunca se destruya la célula familiar y viendo a que no fracase nadie en la familia, aun a costa de sacrificarse en su propia forma de vida, puesto que para ella lo prioritario siempre es la familia.

A pesar de ello, nunca nos detenemos a preguntarnos si ella está bien, si tiene algún problema o deseos de compartir con nosotros sus pesares y angustias; no le solemos dar nuestro tiempo y atención.

No sabemos regalarle unos minutos de nuestro tiempo, palabras suaves y caricias dulces, las cuales le permitan aligerar sus sentimientos, trabajo, responsabilidades y disminuir sus preocupaciones; pareciera que solo esta ella para nosotros y no toda la familia para ella.

Creemos que ella no se agota, que no siente deseos de tener un tiempo para ella; creemos que la vida de ella esta para servirnos las veinticuatro horas, cuando que no debiera de ser así, nunca nos detenemos a reflexionarlo.

Cuando la mujer se encarga de la casa y de la familia, suele no tener mayor tiempo para otras actividades o para ella, pero, aun así, la madre no tiene un sueldo, sin embargo, sí contamos con su atención y disposición las 24 horas del día para que nos alimente, nos despierte y nos arrope si es que estamos enfermos o deprimidos.

Ella es quien nos tiene lista la bolsa del almuerzo o lunch para el trabajo o la escuela, la ropa impecable, la que nos prepara de comer lo que más nos gusta, pero sobre todo es la que nos baña a diario de su amor maternal, con lo cual salimos seguros a enfrentar el mundo desde que somos niños.

Con esa confianza es que logramos nuestras metas, puesto que sabemos que sin importar como nos valla en la escuela, en el trabajo o en cualquiera actividad que se desempeñe, ella siempre estará ahí, esperándonos y procurándonos.

Pregunto: Para ti, ¿Cual es la recompensa de una madre?

Como siempre andamos de prisa sin querer perder un segundo de nuestro tiempo para arreglar las prendas que vestimos, la habitación en la que dormimos, mucho menos para resolver nuestros pendientes y compromisos, esto no nos permite detenernos para decir gracias y cubrir de besos a nuestra madre, detalle que deberíamos tener presente en todo momento; ella sin lugar a dudas es la reina del hogar y llevarle un regalo el día de la madre para decir gracias por trescientos sesenta y cinco días de ingratitud, no es un acto justo, valido y loable.

Al llegar tarde a casa no nos percatamos de su desvelo y preocupación, sólo nos importa aligerar el regaño y es por ello por lo que le decimos que exagera. La mayoría de las ocasiones ni siquiera sabemos recompensar su preocupación, por lo que con nuestros pretextos sólo logramos hacer más hondo su pesar e intranquilo su vivir.

 Cuantas veces los esposos, hijos o nietos, hemos llegado al hogar y lejos de agradecer la preocupación y desvelo de una esposa y madre, la hemos ignorado, situación que sólo el corazón de ésta logra resistir y continúa amándonos, al grado de bañarnos a diario con sus rezos, bendiciones y perdón; yo enmarcaría nuestra ingratitud en la siguiente frase.

“El corazón de una madre, puede ser lacerado a diario; y aún así seguir derramando amor, cariño y bondad sobre su familia.” (Edgar Yamil Yitani).

Cuando alguien le cuenta a su madre un gran problema que lo aqueja y no le encuentra solución alguna, siempre nos consuela, comprende y lucha por resolverlo y si esta fuera de su alcance nos recomienda que si no está en nuestras manos resolverlo, al irse a dormir se lo dejemos a “Dios”, ya Él se encargará, con su infinita bondad, de dar la mejor y adecuada solución a aquello que nos aflige.

Y es ella quien antes de dormir le reza e implora por que se nos ayude y resuelva esa situación de la mejor manera. Sin embargo, la mayoría de nosotros (esposos, hijos y nietos) llegamos al paño de lágrimas maternal y es ahí donde depositamos nuestros problemas y conflictos. Nos vamos a dormir, pero son las madres; las que no duermen y las que se quiebran la cabeza tratando de resolvernos la vida.

Ello no es lo peor del caso, pues existen personas que se avergüenzan de los padres o madres que tienen; por considerar que éstos son incultos y que no cuentan con abolengo, cuando hay que recordar que de ahí nacimos y llevamos su sangre y que, si algo somos, es gracias a ellos. Despreciarlos no nos hará mejores, por el contrario, nos dejará ver como unos perfectos desagradecidos, personas in merecedoras de la vida que tenemos, como gentes indiferentes de vidas totalmente vacías y sin sentimientos. ¿Quien puede querer vivir con un ególatra?

Permítanme aclararles, el abolengo no existe cuando se trata de convivir en sociedad, todos somos iguales; es la educación, son los principios, como el agradecimiento, la humildad, la sencillez, la sensatez, así como la lealtad, la honradez y el calor humano en nuestros actos, lo que les da valor a nuestras vidas, no se le llama a la suma de ello abolengo; se le llama calidad de vida y se resume como una persona con valores, éticos y morales e identidad propia.

“La educación, nos debe de enriquecer para ser mejores personas; no para crear prepotencia, daño y distingo entre nosotros” (Edgar Yamil Yitani).

Un hombre o mujer con valores éticos y morales, es admirable y se convierte en un orgullo para propios y extraños. Si buscamos por ahí, seguramente que aprenderemos a valorar a la mujer y a todos nuestros semejantes.

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